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Evangelio según san Lucas (10,21-24)

- 23:38 El Evangelio

En aquella hora Jesús se llenó de la alegría en el Espíritu Santo y dijo: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".

Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: "¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron".

Comentario

En situación de postración y devastación, la promesa mesiánica se presenta como una restauración: la restauración de la dinastía davídica. Del tronco que parecía muerto brotará un retoño. El signo que lo distingue es el Espíritu que se posa sobre él. Pero, ¿de qué espíritu se trata? Porque hay muchos espíritus, buenos y malos. El espíritu, ese halo invisible e inasible, juega, sin embargo, un papel capital en toda empresa humana: es principio de inspiración, marca la meta, orienta las decisiones y da fuerza para alcanzarla. También las malas empresas tienen su espíritu, su mal espíritu. Existe el espíritu de la ira, de la venganza, de la ambición desmedida. Inspiran malos sentimientos, empujan a acciones destructivas. Por descontado, las buenas obras están igualmente inspiradas, alentadas por espíritus. Pero en este caso tal vez haya que hablar sólo de un espíritu, con mayúsculas, el Espíritu del Señor. Es un Espíritu que abre los ojos, el corazón y la mente, por eso da inteligencia y sabiduría; además, da coraje para actuar y hacer el bien: es un espíritu de consejo y valor; es el espíritu, en suma, presente en toda experiencia genuinamente religiosa: por él nos sabemos en la presencia del Señor con ese respeto y veneración que se llama a veces "el temor del Señor". Como da inteligencia y sabiduría, permite juzgar con autenticidad y hacer justicia a los débiles, esto es, no inclinarse ante los poderosos. En ese espíritu se descubre la armonía de todo lo creado, en la que las diferencias no generan enemistad ni violencia. Por eso, este espíritu se extiende y abarca al mundo entero.

Ese es el Espíritu que se posó sobre Jesús, y que lo llena hoy de alegría. Jesús se contagia en cierto modo de la alegría de los 72 discípulos que regresan de la misión, una misión difícil, en la que Él mismo ha experimentado antes el fracaso. Aunque los que se consideran grandes y prudentes rechacen el mensaje, los sencillos, con un corazón bien dispuesto, lo acogen, y adquieren la sabiduría del Evangelio. ¿Qué sabiduría es esa? Ni más ni menos que "saber" la familiaridad de Dios, las relaciones entre el Padre y el Hijo, entrar por Jesús en ellas: hacernos hijos de Dios en el Hijo, que nos lo quiere revelar. Esa es la obra del Espíritu. La alegría del Espíritu es contagiosa: Jesús nos invita a alegrarnos, a considerarnos dichosos, porque somos testigos y protagonistas del cumplimiento de las promesas.


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