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Evangelio según San Mateo 15,29-37

- 23:56 El Evangelio

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino".

Los discípulos le preguntaron: "¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?"

Jesús les preguntó: "¿Cuántos panes tenéis?"

Ellos contestaron: "Siete y unos pocos peces".

Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.

Comentario

La Palabra estos días nos regala cantidad de símbolos y gestos que nos sumergen en el contenido de esa esperanza que anima nuestra fe. Isaías relata un festín donde la comida, la bebida, la vida, la justicia y la felicidad se desbordan generosamente. "Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios... celebremos y gocemos con su salvación. La promesa se cumplirá, la esperanza verá aquello que espera. Imagino que es como esa sensación que tienes cuando puedes decir al fin: "Confiaba en ello...y mira, se ha cumplido".

En un texto tan corto llama la atención que la palabra "todos" aparezca repetida hasta cinco veces: "todos los pueblos,... todos los pueblos... todas las naciones... todos los rostros... todo el país". Todos, la totalidad, hace hincapié en una realidad de esta salvación, es universal. Isaías hace referencia al tiempo mesiánico, pleno de felicidad, ese banquete que instaura el Reino de Dios.

Los profetas esperan una victoria definitiva de Dios, la salvación plena. ¿Qué esperamos nosotros? O mejor, afinando un poquito más, ¿qué me atrevo a esperar, a soñar? Y eso que sueño ¿es tan bueno, que llegará a ser bueno para todos?

A veces vamos dejando arrinconados ideales, ilusiones, eso o esos por los que estamos dispuestos a todo. Si los sueños no son soñados por nadie, permanecen en el olvido, tampoco se comparten, nunca se vuelven proyectos, ideas, posibilidades, oportunidades.

Si tampoco nuestra fe nos lleva a esperar ya nada nuevo de Dios, se instala en la rutina y la comodidad. Quizás a veces no sólo no abrimos las puertas a Dios que viene, sino que se las vamos cerrando en la medida en que dejamos de confiar en que lo mejor está por venir.

Pero esta espera no es algo abstracto, tampoco es una utopía. A mí me ayuda pensar en pistas que permiten mantenerse alerta y activos. En el texto del evangelio del día, nos narran un milagro, una segunda multiplicación de panes que alimenta a una multitud. No es simplemente compartir, ni tampoco un acto de magia, el milagro es un signo de que el esperado está presente, el banquete ha comenzado, los males cesan, todos dan gloria a Dios. 


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