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ANÉCDOTAS DE TAXI | Antes de ser taxista

Por Víctor David Bukret.

- 13:41 Santiago

En los barrios no había mucho lo que conocemos por kiosco. Más bien los almacenes cumplían también esa función social. Sobre la calle Viano estaban Doña Salima y Doña Lidia. En el pasaje Alvear, Doña Paula y Doña Luisa. Ya entrando al barrio, Don Gómez, y tiempo después, Adolfito Bravo puso una linda fiambrería. En cada despensa del barrio, quedamos debiendo algo de lo que fiamos. Ellos eran gente que al verte ingresar nomas a sus negocios, ya sabían qué andabas buscando, y si pagarías o no.

Al que había llegado junto, o después de vos le decías:

-¡COMPRE, COMPRE NOMAS TRANQUILO DON NEGRO! Total, yo no tengo apuro...

Era para que el vecino no se dé cuenta de que ibas a fiar. Pero el almacenero al toque te sacaba tu intención; "¡Dice mi mami....!"

Ellos, ellas, no te atendían, sino que te "despachaban".

A los comestibles sueltos los envolvían en el papel sulfito, con una paciencia y con una maniobra que parecía un repulgue de empanadas. ¡Nunca me salió ése trabajo!

La cena precisaba medio kilogramo de mortadela bocha, y dos pan cachos. Con eso, once cristianos sobrevivíamos en aquel tiempo. Los almaceneros de esa época nos amaban. Yo tenía la particular manía de ir en bicicleta, y volver caminando; me la olvidaba de distraído nomás. Ellos, al cerrar al mediodía, me hacían entrar la bici, y yo a la siesta iba a corroborar si realmente la dejé ahí, y a llorar detrás de la reja, mirando la minibicicleta, y renegando porque faltaban varias horas para que vuelvan a abrir.

¡DOÑA SALIMAAAAA! ¡DON SANDOVAAAL! ¿DON ERNESTOOOO?

Les grité a todos, pero la siesta santiagueña, sagrada cómo siempre, impedía cualquier atención.

En doña Lidia, la puerta tenía una ventanita pequeña, y por ahí tenías que gritar. Cuando logré tener altura para no ponerme en puntas de pie, descubrí que el viejo Pocho estaba ahí, inmutable, y no te atendía él, ni llamaba a la "almacenera". Pensé, que siempre había escuchado mis puteadas, y que sería testigo de tantas veces que planee asaltarlos en voz alta, en mi sueño de ser "rico".

¡Lo que esperaba para que a don Kuky Birchner se le terminara el gas!

Tiene que haber sido una enorme calentura para él y su familia, porque siempre se te lo termina en la mitad de la preparación del almuerzo...

Pero para nosotros, era una bendición, porque ya teníamos listo el palo de escoba que atravesábamos por las orejas de la garrafa, e íbamos a comprarle en Don Coronel, del pasaje 22, (actualmente Manuel Argañarás, frente al eterno Alfredo Ábalos).

¿La propina? La propina de “Don Kuky” era para nosotros, lo que el bono de fin de año es a los vagos.

Ayer se nos fue Doña Lidia. Mujer tan buena, y de hablar suave. A ella mi texto y mi memoria, por tantos caramelos y gomitas que me regaló para sonreír, y para hacerme llorar hoy.



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